La victoria de Iturbide y sus auspiciadores

Luego de la adhesión de Vicente Guerrero al Plan de Iguala, Iturbide continuó con sus mentiras, asegurándole al virrey Apodaca que el general insurgente se había indultado, noticia que causó gran regocijo al Conde del Venadito porque eso significaba que la colonia quedaba totalmente pacificada. Pronto descubriría el Jefe Superior Político cuán lejos estaba de la realidad. Para convencer al resto de sus oficiales –recordemos que a los regimientos del Bajío ya los había convencido– Iturbide les dijo que su plan era para proteger los intereses del monarca español.

Sólo un pequeño grupo reaccionó negativamente ante la noticia de la promulgación del Plan de Iguala y recelaba de Iturbide. Los peninsulares serviles vieron este plan más amenazador que la propia Constitución española.

Los españoles liberales estaban dispuestos a contribuir a la independencia, siempre y cuando se promulgara la Constitución prometida. Algunos criollos pensaban que la monarquía constitucional apaciguaría a toda la nación. Los americanos demócratas querían una independencia absoluta.

A los pocos días de ser promulgado el plan, el Ejército Trigarante se diezmó. Algunos oficiales, que se dieron cuenta que no era verdad que todos apoyaban el plan y que Iturbide actuaba para proteger los intereses de la corona, como aquél se los había expresado, decidieron desertar. El nuevo ejército independentista se redujo a menos de 3,000 hombres, contando el regimiento de Guerrero.

La tibieza de Apodaca para reprimir la sublevación le trajo graves consecuencias. No sólo permitió que el movimiento creciera a pasos agigantados, sino que se ganó la enemistad de los propios realistas.

Las deserciones antes mencionadas no fueron de gran consecuencia para el plan de la conjura de la Profesa. En marzo, José Joaquín de Herrera y Nicolás bravo se adhirieron al plan en Veracruz. El gobernador de esa provincia envió a Antonio López de Santa-Anna a combatir a los sublevados, mas éste, en lugar de enfrentarlos, se unió a ellos con toda su tropa. El mismo Santa-Anna se puso al frente de la oposición y repelió con éxito la mayoría de los intentos de los realistas por capturarle. Estas victorias le trajeron gran prestigio y notoriedad en todo el territorio.

Sabiendo Iturbide que su éxito dependía de las fuerzas armadas con las que contara, envió a Quintanilla a negociar con los comandantes de otras provincias. Poco después, él mismo partió con rumbo al bajío, donde estaba seguro encontraría muchos adeptos. No tuvo que llegar hasta allá para engrosar su tropa. En el camino se le unieron los insurgentes que se encontraban en vida latente en toda la región. Se le unieron también numerosas tropas criollas que desertaron de las filas realistas para apoyar la independencia.

Todo era optimismo en ese tiempo. Guadalupe Victoria, que había permanecido escondido durante largo tiempo, se presentó ante Santa-Anna quien le dio los medios para que llegara ante Iturbide y se pusiera a sus órdenes. Cuando finalmente lo pudo ver en San Juan del Río, le propuso que cambiara el artículo 4º del Plan de Ayala concerniente a entregar el trono a los Borbones y que se estipulara que un criollo casado con una india lo ocuparía. Iturbide desestimó la sugerencia de Victoria y ni siquiera le ofreció algún puesto de importancia en el Ejército Trigarante.

Al pasar por los poblados que se localizaban entre Teloloapan y el Bajío, los pobladores, liderados por los curas locales, vitoreaban y aclamaban a Iturbide. Las demás provincias comenzaron a proclamar la independencia una tras otra. Luis Cortázar se pronunció por la independencia en los álamos el 16 de marzo, después hizo lo mismo en Salvatierra, Valle de Santiago y Celaya. El 24 del mismo mes, entró con su ejército a Guanajuato donde fue recibido con vivas y aclamaciones. Luis Quintanar, comandante de Valladolid, capituló sin oponer resistencia e Iturbide entró triunfante a la plaza.

El General Cruz, comandante de los realistas que defendían México, mandó a fortificar Guadalajara, poniendo a cargo de la misión a Negrete. El 13 de junio, a las afueras de Guadalajara, todos los oficiales de este comandante se pronunciaron a favor del Plan de Iguala. Al saberse esto, los oficiales acantonados en Guadalajara hicieron lo mismo.

Si en febrero el Ejército Trigarante consistía de unos cuantos centenares de hombres, para junio ya era una fuerza de mucha consideración. Por ese motivo, Apodaca envió refuerzos a Querétaro pensando que Iturbide comenzaría a tomar las ciudades cercanas a México. Iturbide salió de Valladolid para evitar que los auxilios llegaran a su destino. Después de varias escaramuzas, Novoa capituló y entregó la plaza de San Juan del Río. Domingo Luaces, comandante de la guarnición de Querétaro, hizo lo propio el 28 de junio.

México no estaba exento de la efervescencia política que dominaba el territorio. Allí reinaba la confusión y el desorden. Los oficiales peninsulares, sospechando que Apodaca estaba en contubernio con Iturbide, por su inactividad, decidieron dar un golpe de estado como el ocurrido contra Iturrigaray en 1808. Apodaca fue depuesto el día 5 de julio, siendo remplazado por el General francisco Novella. Este hecho, lejos de perjudicar la campaña de Iturbide, la benefició, porque mientras se definía quien tenía el poder legítimo, nadie detenía el meteórico ascenso del jefe del Ejército Trigarante.

Nicolás Bravo puso sitio a la ciudad de puebla el 21 de junio. Allí se le unió Manuel Mier y Terán. Ciriaco del Llano, defensor de la plaza, siguiendo las sugerencias del clero local, capituló el 17 de julio.

En Oaxaca, el Capitán Antonio León proclamó la independencia el 19 de junio. Tomó la capital por capitulación el 16 de julio a manos de Antonio Aldao. El último reducto realista de Oaxaca se rindió el 30 de julio.

El General Cruz se unió a Hermenegildo Revueltas y se encaminaron a fortificar Durango. Negrete, consciente de la importancia de aquella plaza, salió de Guadalajara para derrotarlos y tomar la ciudad. Negrete conminó a los defensores a rendirse, mas al recibir una rotunda negativa, tomó las medidas pertinentes para iniciar el sitio. Después de un mes de enfrentamientos, y a pesar de la herida de gravedad de Negrete, el Ejército Realista capituló. El Ejército Trigarante marchó triunfante por las calles de la ciudad el 6 de septiembre de 1821.

Para agosto de 1821, todas las provincias de la Nueva España se habían allanado al Plan de Iguala y reconocido a Iturbide como jefe del nuevo movimiento independentista, excepto México. En esta ciudad, Novella estaba acantonado con su tropa dispuesto a resistir el avance del Ejército Trigarante. Iturbide se encontraba en Puebla afinando los detalles de su marcha hacia el Valle de México, cuando tuvo noticias de la llegada de Juan O-Donojú, nuevo virrey español. El virrey había atracado en Veracruz el 31 de julio.

Al enterarse O-Donojú de la situación imperante en la colonia, decidió permanecer en el Castillo de San Juan de Ulúa. Iturbide cambió de estrategia. Ya no se dirigió a México, sino que invitó al Virrey a Córdoba para iniciar las negociaciones de paz.

En esta reunión, Iturbide expuso a su contraparte la conveniencia para los españoles de adoptar el Plan de Iguala, el cual proponía a cualquiera de los Borbones como monarca del nuevo "imperio".

Convencido el virrey de que el plan no era tan malo para la Corona, y tratando de evitar más efusión de sangre, accedió a reconocer la independencia de la Nueva España, firmando el tratado que se denominó de Córdoba el 24 de agosto de 1821.


Comentario a la victoria de Iturbide y sus auspiciadores

No por ser demagógico y falso, el Plan de Iguala dejaba de ser efectivo. Esa, tal vez, fue la única cualidad del multicitado documento. La inmensa mayoría de los oficiales, peninsulares, criollos y mestizos, se adhirieron rápidamente a él por considerarlo bueno para la nueva nación. No se dieron cuenta que por querer complacer a todos, el plan no iba a satisfacer a nadie.

No podemos saber qué les prometió Quintanilla, el emisario de Iturbide, a los comandantes de las guarniciones de las provincias. Lo que sea que haya sido, funcionó. Fue la fuerza que le dieron a Iturbide estos oficiales, la que lo llevó al trono.

Esta situación me lleva a hacer la siguiente pregunta: ¿por qué esos mismos oficiales no secundaron al Congreso de Chilpancingo, el cual proponía una verdadera independencia a favor de todos? ¿Sería acaso porque Morelos no les ofreció prebendas? ¿O porque les ofendía ponerse a las ordenes de un chino? Recordemos que Morelos tenía sangre negra e india en sus venas. ¿O porque Morelos sí quería realmente sacudirse el dominio español, e Iturbide sólo lo simulaba? La respuesta a esta pregunta nunca las sabremos. Lo que sí sabemos es que se hubiera evitado mucho derramamiento de sangre y un mayor número de personas hubieran resultado beneficiadas si todos ellos hubiesen abrazado la causa de Morelos, al igual que lo hicieron con la causa de los conspiradores de la Profesa.